Para los mayas el tejer no ha significado, a lo largo del tiempo, simplemente un proceso utilitario. Tanto hilar como tejer son ocupaciones femeninas asociadas con la diosa Ixchel, diosa de la feminidad, nacimiento y fertilidad como del tejido, la creatividad y la Luna.
La milpa y el tejido, las actividades ideales para hombres y mujeres respectivamente, están impregnadas de un aura espiritual: “al principio del tiempo, Nuestra Madre, la Luna enseñó a la primera mujer a tejer en telar de cintura y Nuestro Padre, el Sol enseñó al primer hombre a sembrar la milpa “. Estas tareas instituidas en los albores de la historia humana continúan siendo el modelo para hombres y mujeres mayas. Cada vez que un hombre trabaja en su milpa y cada mujer se sienta a tejer, están siguiendo conscientemente el camino trazado por los dioses al principio del tiempo y reproduciendo el modo de vida de sus ancestros. Este contexto sagrado y tradicional presta dignidad, sentido y continuidad a su vida. El compromiso hacia estas actividades se reafirma cada vez que nace un niño. A los pocos minutos de nacido, después de un baño en agua tibia, el varoncito es presentado con herramientas para labrar la tierra y la niña con los instrumentos del tejido. Tomando a la criatura entre sus brazos, la comadrona le abre la manita, le pone ahí el huso y los diferentes instrumentos del tejido uno por uno. Los conocimientos textiles son transmitidos de madre a hija a muy temprana edad, entre los ocho y nueve años, como parte de un proceso de socialización.
Las herramientas y acciones del tejido simbolizaban la producción de una nueva vida, la de una criatura. Por lo tanto el tejido (cuyo resultado queda plasmado en la tela) como el parto (cuyo resultado lo constituye la criatura) ponen de manifiesto la capacidad generativa de las mujeres.
En la creencia de los pueblos mayas, mantenida hasta el presente, el proceso de tejer es considerado como un proceso de parir. Las actividades relacionadas con el tejido se encuentran infundidas con una importancia cosmológica. Cada etapa del proceso es una metáfora de los distintos pasos seguidos por la vida humana para manifestarse.
Para el maya el algodón blanco cardado es el semen generador de vida (actualmente los hombres hilan lana, nunca algodón, esto es privativo de las mujeres). Ese hilo al ir enrollándose sobre el huso simboliza al feto que crece y a la mujer que va haciéndose “grande” con el niño.
Después del hilado, el siguiente paso consiste en el encolado, un proceso en el que endurecen los hilos de la urdimbre para que pueda resistir el proceso del tejido. El método más común para el encolado es el de remojar el hilo en un líquido (atole) que es una especie de jugo obtenido del maíz. El maíz, conceptuado por los mayas como carne, constituye la sustancia primaria del cuerpo humano. Como tal, el hilo de la urdimbre remojado en ese líquido de maíz constituye simbólicamente una parte vital del proceso tejer-nacer, los huesos se van rodeando de carne.
Luego ese hilo irá tomando la forma de la tela, como el bebé creciendo en la panza, en el telar de cintura. Este tipo de telar es uno de los más antiguos que ha sido usado en forma continua por los mayas. Técnicamente utiliza una correa que pasa por detrás del cuerpo de la tejedora (de ahí también su nombre de “telar de lomera”) haciendo que la urdimbre quede estirada entre ésta y el punto estacionario de fijación. Algunas parteras mayas actualmente emplean los palos del telar como instrumentos auxiliares para atender el parto.
Para tejer con un telar de cintura o lomera, es esencial contar con un poste o árbol donde sujetar el telar. En lengua maya se le llama “Arbol Madre”. Representa de alguna manera al “Arbol de la Vida”, del cual todo ha nacido y que para los mayas estaba manifestado por la Vía Láctea. El Arbol Madre sostiene el telar que ha sido montado por medio de una cuerda que los mayas reconocen como un sinónimo del cordón umbilical, Kuxam Sum o cuerda viva. El movimiento de un lado al otro, para darle una determinada tensión al tejido, representa los movimientos de una madre en el parto. Así, lentamente, los huesos desnudos del telar se van convirtiendo en tela, en una entidad con vida, en la criatura. Muchos mayas, aun hoy, tienen el concepto que los tejidos “nacen”.
Desde esta mirada se entiende entonces por que una mujer maya siente que ha fracasado como mujer cuando no es diestra en el tejido. Al estar esta actividad inmersa en un contexto sagrado, eleva a quien la realiza a un plano diferente. La devoción de la mujer hacia el tejido la mantiene vinculada al universo espiritual y cultural de sus ancestros. Así, en una cadena sin fin, ella continua nutriendo, literal y metafóricamente a las nuevas generaciones. El manejar símbolos sagrados de su cultura y mantenerse en contacto con los dioses la hace sentirse poderosa. |