Sentí la necesidad
de contar aquellas cosas que me emocionan de sólo
pensarlas nuevamente…
Los nacidos en este país, Argentina, poseemos un
gran tesoro: la suerte de tenerla. Un lugar tan vasto
en riquezas: frutos de la tierra, lugares geográficos
imponentes, majestuosos y bellos. Además de la
humildad y la simpleza de su gente. ¡Esa gente que
vive tierra adentro!
Quiero compartir con ustedes las costumbres de un lugar
pequeño físicamente, y escondido en el corazón
de las montañas. Sin embargo, su grandeza reside
en su modo de ver el mundo. Me refiero a la comunidad
mapuche de Ruca Choroi (en mapudungun
“casa de loros”), ubicada sólo a 25
kilómetros de Aluminé en la provincia de
Neuquén. Uno la encuentra después de transitar
caminos de ripio, cornisas y araucarias. El camino está
rodeado por una decena de casas, pehuenes y corrales hasta
llegar al lago que lleva su nombre.
Esta comunidad mapuche mantiene vigente costumbres ancestrales
y milenarias. En las mañanas soleadas, podemos
observar, bajo el alero de los ranchos, a las abuelas
tejedoras. Ellas tejen bellísimas mantas, fajas,
ponchos y caminos, con un simple telar de cuatro palos
atados con tientos. Su magnificencia está en cada
diseño que es parte de su historia, de su flora
y de su fauna. Sus motivos favoritos son los ganchos,
huellas de animales, caminos, montañas y toda la
naturaleza imponente que las rodea. Los colores más
utilizados son los naturales de la lana de oveja, marrón
oscuro o negro; los otros colores como el rojo los obtienen
con pigmentos de fibras vegetales y minerales. Entonces,
si un día te llaman, agitando una bolsita o un
trapo al costado del camino, hacé un alto porque
quieren compartir contigo el arte de su tejido.
Además, es imponente el desplazamiento que realizan
con sus animales rumbo a la veranada o invernada: lugares
de pastura para sus ovejas y chivas. Detrás los
sigue un carro, tirado por una yunta de bueyes; allí
transportan mantas, alimentos y algunas chapas que servirán
de refugio durante el lapso que estén con sus animales.
También suelen ir los niños a la edad de
9 o 10 años montados a caballo acompañando
a sus padres para aprender el oficio desde pequeños.
Este trabajo es indispensable para el sustento familiar
y la salud de sus animales porque la zona de pasturas
queda alejada de su comunidad. Pero la realidad es cruel;
las privatizaciones de los campos y las grandes estancias
hacen que cada día resulte más difícil
trasladar a los animales para el pastoreo.
Por otra parte, las mujeres, entrando el mes de marzo,
comienzan la recolección del piñón:
fruto del pehuen, una especie de araucaria. Con las semillas
de piñón elaboran gran cantidad de alimentos;
siendo éste parte importante de su alimentación
y sustento de supervivencia en el correr de la historia.
Las semillas se pueden tostar al rescoldo, en las cenizas
que dejan las brasas, de este modo elaboran panes, galletas,
alfajores. También se pueden hervir los piñones
por tres largas horas y utilizarlos en guisos, sopas y
puré. Como si fuera poco, si se los deja fermentar
con alcohol se obtiene una bebida rica y fuerte, ideal
para las largas tardes de invierno bajo la nieve y con
temperatura bajo cero.
¡Nuestra gente! Nos queda mucho más por conocer…
y es hermoso quedar con el sabor en los labios....Nos
encontramos en un próximo número para conocer
más sobre las cosas nuestras.
Sonia Burgos es Maestra Nacional de Danzas Folklóricas
Argentinas, Profesora Nacional de Danzas Nativas y Folklore
Ciencia, Profesora en Arte Modalidad Danza Expresión
Corporal. Dictó cursos en la Universidad de Concepción,
Chile, en la Escuela Nacional de Folklore, Chile durante
8 años. Ha participado durante más de 10
años de intercambios con comunidades aborígenes
y en numerosas jornadas y congresos de educación
por el arte y la danza. Actualmente se desempeña
como Profesora en el Profesorado de Arte de Mar del Plata
y en colegios de nuestra ciudad.