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ICANEWS Marzo 2006, Año 2 # 11
El Espejo
por Nora L. Pasqualini
Profesora de Inglés - Former ICA student
El sueño de regresar al pueblo se había hecho realidad. Había fantaseado muchas veces con la vuelta a la tierra de sus ancestros. Y finalmente se había cumplido.

Contemplar el fluir incesante de aquel río que se despeña desde las altas cimas era como rebobinar el confuso film de los recuerdos. Porque aquellos cerros cubiertos de espesas arboledas, y esos blancos caseríos diminutos perdidos entre cuevas y quebradas habían sido testigos de sus juegos infantiles. Y la densa niebla asturiana descendía como entonces, desde las alturas, extendiendo su blanca alfombra de bienvenida.

No fue difícil reconocer la casa de Tía Irene. Indiferente al paso del tiempo, no había cambiado mucho; sólo un par de manos de pintura le habían devuelto la pulcritud de antaño. Dos casas aledañas habían sido remodeladas y lucían casi modernas, si tal concepto cabe en los reinos del pasado. El antiguo puente romano, donde tanto corriera de chaval, contemplaba desafiante aquel fracasado intento de cambiar el rumbo. Por el contrario, el puente nuevo parecía bajar la mirada, avergonzado por su endeble osamenta.

A la hora de intercambiar recuerdos, la tía guardaba las anécdotas más risueñas pero las vecinas que salieron a saludar con el delantal puesto, también aportaron lo suyo. La memoria era esquiva y caprichosa, y en algún lugar entre los cerros y valles había extraviado rostros y nombres. Pero los olores eran el más fiel testimonio de todo lo vivido. Como ese cálido aroma de las fabes humeantes y jugosas que volvía a saborear con deleite. O el perfume de los eucaliptos que se colaba por las ventanas abiertas.

También acechaban ciertas imágenes, como aquella del manantial. Instigado por esa cálida reminiscencia, caminó buscando la fuente de la infancia. En el trayecto encontró otros vecinos que trabajaban en sus huertas y lo saludaron gentilmente, reconociéndolo como a uno de los suyos. Un hórreo vacío, como un anciano desdentado, parecía espiarlo con una mueca burlona. Un par de viejas madreñas colgadas en una puerta indicaban que iba en dirección correcta. A pocos pasos divisó el chorro de agua cristalina. A su lado, un viejo árbol, derribado quizás por una tormenta, mostraba sus gruesas raíces.
Luego de haber revisado su propia historia, se imponía una visita a Covadonga para repasar la otra historia, aquella que une a todas las almas desde un distante punto de partida. Recorrió carreteras empinadas entre majestuosos cerros y abruptos precipicios. Al entrar al santuario lo recibieron dos imponentes leones guardianes. Fue como penetrar en la garganta de un titán de misteriosa belleza. En la pequeña capilla el ambiente era de gran recogimiento. Algunos fieles oraban a la Santina, que muy guapina es.

Bajo la gran cueva, descubrió la escondida Fuente de los Siete Caños, famosa por obrar prodigios contra la soltería. Ascendió después a la pequeña iglesia custodiada por el monumento a Don Pelayo. Visitó el museo para admirar las coronas votivas y las cruces emblemáticas del lugar. Se detuvo ante el cuadro del gran caudillo: representaba su entrada a la gruta. Resaltaba la figura del gallardo espatario liderando a sus hombres en los montes.

Lucía orgulloso e impávido en su oscuro atuendo guerrero; su rostro severo enmarcado por un primitivo yelmo, sus gruesos labios concluyendo en una frondosa barba. Lo estudió un momento, arrobado. Ese personaje parecía haberlo hechizado. Lo imaginó junto a sus hombres rezándole a la virgen; luego avanzando impertérrito contra los moros, deseoso de liberar a su pueblo y de salvar el honor de su hermana raptada por el jefe Munuza. Miró sus pies, sintió que podía haber calzado esas botas...

Ahora sólo le faltaba visitar los lagos de los Picos de Europa, que desaniman a tantos viajeros, temerosos de sus estrechos caminos y de un eventual despeñe. Pero los bravos montañeses astures conocen muy bien su terruño y no han oído hablar del miedo. Así fue como expulsaron a los moros de su suelo. Por eso no dudó en iniciar la marcha ascendente.

Las primeras rutas estaban vestidas de intenso verdor, con un follaje exuberante que todo lo cubría. Poco después el paisaje comenzó a cambiar. Los árboles se volvieron cada vez más escasos y los senderos más angostos. Aparecieron las primeras vacas, que sacudiendo pesadamente los cencerros, observaban a la concurrencia con su mirar lánguido y vacío. Al rendirse la niebla ante el sol, se asomaban los agudos picos. Desde los miradores el soberbio paisaje reducía las dimensiones de los visitantes.

La ruta siguió estrechándose; ya no cabían dos automóviles. Quienes llegaban al primer lago lo hacían en caravana, como en un ascenso infinito del Purgatorio al Edén. Y así, en un lento desfile, prosiguió su camino al segundo lago, punto culminante de su viaje. Allí descendió y se acercó a sus aguas límpidas. Sentándose en unas peñas, respiró profundamente aquel aire sagrado. La niebla volvía a espesarse entre las cimas. Radiante, contempló su rostro reflejado en el lago. El bigote discreto de su juventud se había transformado en la frondosa barba de Don Pelayo.
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