No fue difícil reconocer la casa de Tía
Irene. Indiferente al paso del tiempo, no había
cambiado mucho; sólo un par de manos de pintura
le habían devuelto la pulcritud de antaño.
Dos casas aledañas habían sido remodeladas
y lucían casi modernas, si tal concepto cabe en
los reinos del pasado. El antiguo puente romano, donde
tanto corriera de chaval, contemplaba
desafiante aquel fracasado intento de cambiar el rumbo.
Por el contrario, el puente nuevo parecía bajar
la mirada, avergonzado por su endeble osamenta.
A la hora de intercambiar recuerdos, la tía guardaba
las anécdotas más risueñas pero las
vecinas que salieron a saludar con el delantal puesto,
también aportaron lo suyo. La memoria era esquiva
y caprichosa, y en algún lugar entre los cerros
y valles había extraviado rostros y nombres. Pero
los olores eran el más fiel testimonio de todo
lo vivido. Como ese cálido aroma de las fabes
humeantes y jugosas que volvía a saborear con deleite.
O el perfume de los eucaliptos que se colaba por las ventanas
abiertas.
También acechaban ciertas imágenes, como
aquella del manantial. Instigado por esa cálida
reminiscencia, caminó buscando la fuente de la
infancia. En el trayecto encontró otros vecinos
que trabajaban en sus huertas y lo saludaron gentilmente,
reconociéndolo como a uno de los suyos. Un hórreo
vacío, como un anciano desdentado, parecía
espiarlo con una mueca burlona. Un par de viejas madreñas
colgadas en una puerta indicaban que iba en dirección
correcta. A pocos pasos divisó el chorro de agua
cristalina. A su lado, un viejo árbol, derribado
quizás por una tormenta, mostraba sus gruesas raíces.
Luego de haber revisado su propia historia, se imponía
una visita a Covadonga para repasar la otra historia,
aquella que une a todas las almas desde un distante punto
de partida. Recorrió carreteras empinadas entre
majestuosos cerros y abruptos precipicios. Al entrar al
santuario lo recibieron dos imponentes leones guardianes.
Fue como penetrar en la garganta de un titán de
misteriosa belleza. En la pequeña capilla el ambiente
era de gran recogimiento. Algunos fieles oraban a la
Santina, que muy guapina es.
Bajo la gran cueva, descubrió la escondida Fuente
de los Siete Caños, famosa por obrar prodigios
contra la soltería. Ascendió después
a la pequeña iglesia custodiada por el monumento
a Don Pelayo. Visitó el museo para admirar
las coronas votivas y las cruces emblemáticas del
lugar. Se detuvo ante el cuadro del gran caudillo: representaba
su entrada a la gruta. Resaltaba la figura del gallardo
espatario liderando a sus hombres en
los montes.
Lucía orgulloso e impávido en su oscuro
atuendo guerrero; su rostro severo enmarcado por un primitivo
yelmo, sus gruesos labios concluyendo en una frondosa
barba. Lo estudió un momento, arrobado. Ese personaje
parecía haberlo hechizado. Lo imaginó junto
a sus hombres rezándole a la virgen; luego avanzando
impertérrito contra los moros, deseoso de liberar
a su pueblo y de salvar el honor de su hermana raptada
por el jefe Munuza. Miró sus pies,
sintió que podía haber calzado esas botas...
Ahora sólo le faltaba visitar los lagos de los
Picos de Europa, que desaniman a tantos viajeros, temerosos
de sus estrechos caminos y de un eventual despeñe.
Pero los bravos montañeses astures
conocen muy bien su terruño y no han oído
hablar del miedo. Así fue como expulsaron a los
moros de su suelo. Por eso no dudó en iniciar la
marcha ascendente.
Las primeras rutas estaban vestidas de intenso verdor,
con un follaje exuberante que todo lo cubría. Poco
después el paisaje comenzó a cambiar. Los
árboles se volvieron cada vez más escasos
y los senderos más angostos. Aparecieron las primeras
vacas, que sacudiendo pesadamente los cencerros, observaban
a la concurrencia con su mirar lánguido y vacío.
Al rendirse la niebla ante el sol, se asomaban los agudos
picos. Desde los miradores el soberbio paisaje reducía
las dimensiones de los visitantes.
La ruta siguió estrechándose; ya no cabían
dos automóviles. Quienes llegaban al primer lago
lo hacían en caravana, como en un ascenso infinito
del Purgatorio al Edén. Y así, en un lento
desfile, prosiguió su camino al segundo lago, punto
culminante de su viaje. Allí descendió y
se acercó a sus aguas límpidas. Sentándose
en unas peñas, respiró profundamente aquel
aire sagrado. La niebla volvía a espesarse entre
las cimas. Radiante, contempló su rostro reflejado
en el lago. El bigote discreto de su juventud se había
transformado en la frondosa barba de Don Pelayo.
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