No sé cuándo fui al Aero club por primera vez, ya que era muy chico. Sí recuerdo haber hecho mi bautismo de vuelo a los 10 años, y volado por segunda a los 20. Comencé a hacerlo regularmente, ya guiando un avión, en 1992, y en 1996 completé el curso de piloto civil de monomotor.
El curso consta de 40 horas de vuelo, que incluyen dos navegaciones. Las horas son voladas mayormente con el instructor, y el trabajo aéreo consiste en giros sobre un punto, ejercicios de emergencias y distintas maniobras. A partir de que podemos controlar el avión, se nos permite volar solos. El primer vuelo en solitario -el mío fue el 29 de julio de 1994, cuando tenía 19 horas de vuelo- es una experiencia inolvidable.
Hice el curso en un Piper P A 11, de 1947, de ala alta, y lona barnizada. Los aviones son “recorridos” cada determinado número de horas, eso permite que vivan una suerte de “eterna juventud”, y que estén siempre en buenas condiciones para volar, de lo contrario, no son habilitados. Hay también una lista de chequeo previa al despegue.
Desde entonces he volado en otros aviones, Piper Tomahawk, y Cessna, 172, 152 y 150.
Volar es una experiencia difícil de describir. Para mí, el contacto con el avión, el sonido del motor, la sensación de la puesta en marcha y del despegue, el sonido del aire fluyendo bajo las alas, son las más poderosas; luego, en segundo término, está la visual: la ciudad hacia un lado, las sierras hacia otro, el contraste entre superficie y aire o entre el mar y la tierra. Pese a la permanente atención que requiere el vuelo, una sensación de placidez y dulzura nos embarga al emprenderlo y al regresar de él.
Eduardo Balestena es ensayista, escritor y docente.