ICANEWS OnLine
Shopping

Bumeran

TGuru TGuru TGuru
Anglia


ICANEWS Junio / Julio 2007, Año 3 # 14
Te doy una canción: un archivo posible
por Marcela Romano
mgromano@mdp.edu.arl.
Las canciones, en una vida, son puertas que se abren, rituales de pasaje. Es obvio decir que nos acompañan siempre y desde siempre. Pero vale la pena recordar. Ahí están, sin que nosotros las reconozcamos como tales, aliviando nuestros cólicos, el hambre y la soledad, en la voz más de una vez desafinada- de nuestras madres y padres: compases que se repiten, frases que se prolongan, melodías mínimas, mantras, en fin, que nos devuelven la calma perdida y ahuyentan a los cucos de la noche. Están también en nuestro primer espejo, qué lindas manitas que tengo yo, y en nuestro paso por el Jardín, donde todo, a veces de modo inexplicable, es abreviable y en diminutivo: Trompita el elefante y el payaso Plim-Plim han acompañado nuestra socialización, así como, sería deseable, Manuelita, la vaca de Humahuaca y los inquietantes mundos al revés de María Elena Walsh. Algunos tuvieron una abuela española que les cantaba esos lejanos pero tan vivos romances que hace mucho tiempo vinieron con los conquistadores que no traían, claro está, solamente canciones- y, luego, con los inmigrantes: el romance de la Catalina o la Catalinita (hay tantas versiones como interpretaciones...), Mambrú, Antón y tantos otros. La farolera que tropezó nos acompañaba a las chicas en los juegos en la calle, cuando los niños podían jugar en la calle. Otras abuelas nos cantaron en otras lenguas: en mi caso, en napolitano.

Y ni hablar de la adolescencia. Entonces, como en distintas películas, cada uno se armaba su propia banda sonora que, también como en las películas, las había de terror (la crueldad de los adolescentes se manifiesta al respecto en un nutrido coro de púberes “barras bravas”), de testimonio social, de rebeldía generacional, de amistades absolutas y, por supuesto, de amor (y de llorar por amor). A mí siempre me gustaron las baladas, y aprendí inglés en institutos y profesoras particulares pero, sobre todo, en la casa de mi amiga Lucy con los Beatles, enamoradas las dos del rostro paradójico, de niño barbado, de Paul Mc. Cartney. Nos juntábamos con ese equipo impresionante de su padre, en el recibidor, y ella, avezada ya en la lengua, repetía y marcaba la fonética exacta que quedó para siempre incrustada en mis oídos, hasta cuando tenga 64 y desde antes de tener 16. Másh tarde vinieron Paul Williams y los Carpenters, todos de feliz memoria, junto con muchos otros. En español fue primero el rock de Moris, Tanguito recuerdo, como si fuera hoy, la primera vez que escuché, alucinada, “Me gusta ese tajo”, a los quince- y los acordes inolvidables, para toda mi generación, de Sui Generis: ¿los cantan todavía en los fogones de los campamentos escolares?.

Quinto de Cantares (con canciones enormes que nadie conocía), Almendra, Pink Floyd, Mike Oldfield, Pedro y Pablo, Arco Iris, Vox Dei, the sounds of silence, sé que sigo salteándome nombres, títulos, versos importantes pero los renglones son tiranos como el tiempo, y quiero llegar a los compañeros de siempre y a los de hoy: Serrat, por ejemplo. Todo lo que voy a decir de aquí en más es un lugar común, en sus dos acepciones: por concurrido y por habitado por muchos. Una vez mi padre, a mis diez años, trajo a casa un single que tenía, de un lado, “Manuel” y del otro, no me acuerdo bien si “Poema de amor” o “Tu nombre me sabe a yerba”. También me acuerdo de esa vez que lo vi por primera vez cantando en el programa de Mancera. Desde entonces, touchée. En mi casa se leía poesía en voz alta, pero él, que además era bello, marcó a la gente de mi edad con los versos de Machado y Hernández y también hasta ahora con los suyos propios. De la mano de Serrat conocí yo a muchos otros cantautores, algunos ignotos (e ignorados) aquí y otros, que, como Sabina y Aute, fueron llegando con los años. Gracias a ellos he aprendido bastante catalán, y algo de gallego, ladino y asturianu, las lenguas que Franco nunca quiso escuchar. A principios de los 80, los renovados “vientos del pueblo” (como decía Miguel Hernández) reintrodujeron para mi generación todas las gamas de la canción latinoamericana. He escuchado mucho pero al cabo sigo eligiendo la voz templada de Zitarrosa, la voz pequeña de Violeta, las de Silvio Rodríguez (a quién debo el título de esta colaboración) y Pablo Milanés, además de esas voces como cuerpos, gozosas y melancólicas, de la bossa brasileña y de algunas cantantes italianas de mi infancia, como Mina. Desde hace bastante tiempo me gusta el tango (sobre todo el tango “reo”y tremendista), la chacarera, algunas bagualas y muchas zambas. Suelo escuchar por la mañana a Pedro Guerra, a Amancio Prada y a Loreena Mc. Kennith, y tengo una colección importante de canciones sefardíes y al-andaluzas, y también de música popular de la Edad Media y del Renacimiento.

Con los ojos puestos en mis anaqueles de cassettes y en las pilas desordenadas de mis CDs., compruebo que estoy cometiendo olvidos imperdonables y, también, que no he hablado de otras canciones que no fueran las mías. Este inventario no registra sino una suma de experiencia vitales, felices o desasosegadas, en soledad y en compañía. Suelo escribir cosas muy sesudas y académicas sobre las canciones, y esto, claro, es bien distinto, y seguramente cursi (lo digo yo primero). No obstante, puedo afirmar que, si bien he estado dejándome llevar, dócil, por mi propia memoria emocional, simultáneamente he puesto al alcance de la mano un archivo entrañable y compartido que otros podrán seguir completando.

Cuando Serrat publica en el 2000 por Editorial Aguilar su último Cancionero, aparece en el prólogo, notable, de Antonio Muñoz Molina, una reflexión que resume la hondura y la belleza íntima con que las canciones van diseñando nuestras vidas. Aquí se las dejo: “Si el tiempo, en el fondo, es la materia y el tema de casi todas o de todas las artes, en la canción el tiempo está en un estado de concentración máxima [...] Las canciones abren anchas avenidas de tiempo, perspectivas de lejanía hacia el ayer y el mañana, despiertan en nosotros el eco de lo que sabemos que somos, y también el eco de lo que podríamos ser o haber sido”.

Marcela Romano es Profesora de Literatura y Cultura Española I y II e investigadora en temas relacionados con la canción de autor y poesía española contemporáneas (CELEHIS, Letras, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata).
Top


3cc Design
® ICANEWS 2004 - Todos los Derechos Reservados