Las
canciones, en una vida, son puertas que se abren, rituales
de pasaje. Es obvio decir que nos acompañan siempre
y desde siempre. Pero vale la pena recordar. Ahí
están, sin que nosotros las reconozcamos como tales,
aliviando nuestros cólicos, el hambre y la soledad,
en la voz más de una vez desafinada- de nuestras
madres y padres: compases que se repiten, frases que se
prolongan, melodías mínimas, mantras, en fin,
que nos devuelven la calma perdida y ahuyentan a los cucos
de la noche. Están también en nuestro primer
espejo, qué lindas manitas que tengo yo, y en nuestro
paso por el Jardín, donde todo, a veces de modo inexplicable,
es abreviable y en diminutivo: Trompita el elefante y el
payaso Plim-Plim han acompañado nuestra socialización,
así como, sería deseable, Manuelita, la vaca
de Humahuaca y los inquietantes mundos al revés de
María Elena Walsh. Algunos tuvieron una abuela española
que les cantaba esos lejanos pero tan vivos romances que
hace mucho tiempo vinieron con los conquistadores que no
traían, claro está, solamente canciones- y,
luego, con los inmigrantes: el romance de la Catalina o
la Catalinita (hay tantas versiones como interpretaciones...),
Mambrú, Antón y tantos otros. La farolera
que tropezó nos acompañaba a las chicas en
los juegos en la calle, cuando los niños podían
jugar en la calle. Otras abuelas nos cantaron en otras lenguas:
en mi caso, en napolitano.
Y ni hablar de la adolescencia. Entonces, como en distintas
películas, cada uno se armaba su propia banda sonora
que, también como en las películas, las había
de terror (la crueldad de los adolescentes se manifiesta
al respecto en un nutrido coro de púberes “barras
bravas”), de testimonio social, de rebeldía
generacional, de amistades absolutas y, por supuesto, de
amor (y de llorar por amor). A mí siempre me gustaron
las baladas, y aprendí inglés en institutos
y profesoras particulares pero, sobre todo, en la casa de
mi amiga Lucy con los Beatles, enamoradas las dos del rostro
paradójico, de niño barbado, de Paul Mc. Cartney.
Nos juntábamos con ese equipo impresionante de su
padre, en el recibidor, y ella, avezada ya en la lengua,
repetía y marcaba la fonética exacta que quedó
para siempre incrustada en mis oídos, hasta cuando
tenga 64 y desde antes de tener 16. Másh tarde vinieron
Paul Williams y los Carpenters, todos de feliz memoria,
junto con muchos otros. En español fue primero el
rock de Moris, Tanguito recuerdo, como si fuera hoy, la
primera vez que escuché, alucinada, “Me gusta
ese tajo”, a los quince- y los acordes inolvidables,
para toda mi generación, de Sui Generis: ¿los
cantan todavía en los fogones de los campamentos
escolares?.
Quinto de Cantares (con canciones enormes que nadie conocía),
Almendra, Pink Floyd, Mike Oldfield, Pedro y Pablo, Arco
Iris, Vox Dei, the sounds of silence, sé que sigo
salteándome nombres, títulos, versos importantes
pero los renglones son tiranos como el tiempo, y quiero
llegar a los compañeros de siempre y a los de hoy:
Serrat, por ejemplo. Todo lo que voy a decir de aquí
en más es un lugar común, en sus dos acepciones:
por concurrido y por habitado por muchos. Una vez mi padre,
a mis diez años, trajo a casa un single que tenía,
de un lado, “Manuel” y del otro, no me acuerdo
bien si “Poema de amor” o “Tu nombre me
sabe a yerba”. También me acuerdo de esa vez
que lo vi por primera vez cantando en el programa de Mancera.
Desde entonces, touchée. En mi casa se leía
poesía en voz alta, pero él, que además
era bello, marcó a la gente de mi edad con los versos
de Machado y Hernández y también hasta ahora
con los suyos propios. De la mano de Serrat conocí
yo a muchos otros cantautores, algunos ignotos (e ignorados)
aquí y otros, que, como Sabina y Aute, fueron llegando
con los años. Gracias a ellos he aprendido bastante
catalán, y algo de gallego, ladino y asturianu, las
lenguas que Franco nunca quiso escuchar. A principios de
los 80, los renovados “vientos del pueblo” (como
decía Miguel Hernández) reintrodujeron para
mi generación todas las gamas de la canción
latinoamericana. He escuchado mucho pero al cabo sigo eligiendo
la voz templada de Zitarrosa, la voz pequeña de Violeta,
las de Silvio Rodríguez (a quién debo el título
de esta colaboración) y Pablo Milanés, además
de esas voces como cuerpos, gozosas y melancólicas,
de la bossa brasileña y de algunas cantantes italianas
de mi infancia, como Mina. Desde hace bastante tiempo me
gusta el tango (sobre todo el tango “reo”y tremendista),
la chacarera, algunas bagualas y muchas zambas. Suelo escuchar
por la mañana a Pedro Guerra, a Amancio Prada y a
Loreena Mc. Kennith, y tengo una colección importante
de canciones sefardíes y al-andaluzas, y también
de música popular de la Edad Media y del Renacimiento.
Con los ojos puestos en mis anaqueles de cassettes y en
las pilas desordenadas de mis CDs., compruebo que estoy
cometiendo olvidos imperdonables y, también, que
no he hablado de otras canciones que no fueran las mías.
Este inventario no registra sino una suma de experiencia
vitales, felices o desasosegadas, en soledad y en compañía.
Suelo escribir cosas muy sesudas y académicas sobre
las canciones, y esto, claro, es bien distinto, y seguramente
cursi (lo digo yo primero). No obstante, puedo afirmar que,
si bien he estado dejándome llevar, dócil,
por mi propia memoria emocional, simultáneamente
he puesto al alcance de la mano un archivo entrañable
y compartido que otros podrán seguir completando.
Cuando Serrat publica en el 2000 por Editorial Aguilar su
último Cancionero, aparece en el prólogo,
notable, de Antonio Muñoz Molina, una reflexión
que resume la hondura y la belleza íntima con que
las canciones van diseñando nuestras vidas. Aquí
se las dejo: “Si el tiempo, en el fondo, es la materia
y el tema de casi todas o de todas las artes, en la canción
el tiempo está en un estado de concentración
máxima [...] Las canciones abren anchas avenidas
de tiempo, perspectivas de lejanía hacia el ayer
y el mañana, despiertan en nosotros el eco de lo
que sabemos que somos, y también el eco de lo que
podríamos ser o haber sido”.
Marcela Romano es Profesora de Literatura
y Cultura Española I y II e investigadora en temas
relacionados con la canción de autor y poesía
española contemporáneas (CELEHIS, Letras,
Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del
Plata). |