Qué suerte que tengo una casa con dos pisos. Porque por ejemplo, ahora hay un montón de visitas abajo y yo puedo estar arriba lo más pancha que nadie se da cuenta. Y bueno, me cansé de que me pregunten mi nombre a cada rato y me pellizquen los cachetes y además prefiero mirar la novela. A mi me gusta ver Corazón Abandonado. Me encanta. A mi mamá no le gusta nada que vea novelas, sobre todo las de la tarde, porque dice que una nena de siete años no tiene por qué andar mirando esas cosas. Pero las que dan a la noche sí, porque esas, bueno, esas qué se yo, dice mi mamá (que en el fondo no se las quiere perder). Las de la tarde están prohibidas porque una por mirar esas porquerías no hace esto o lo de más allá. Y esas cosas que dicen ahí, esas sí que me las aprendo, pero la cursiva o el padrenuestro y otras cosas que me enseña mi mamá no. Entonces hay que tener cuidado de que nadie, pero nadie se dé cuenta de que estuve mirando esas novelas. Y nada de llorar, porque si no se va a notar. Pero la que yo veo es de llorar a mares. A veces no aguanto más el nudo en la garganta y me viene el llanto. Cuando llega mi mamá y ve esa cara como de picar cebolla, enseguida pregunta. Yo contesto que es por lo de Nube, que fui a juntar los juguetes del jardín y de repente pasé por el lugar donde estaba Nube enterrada y me puse tan triste que me salieron todas las lágrimas, y de paso digo que por eso los juguetes quedaron tirados aunque lo que pasó fue que justo cuando quise guardarlos, empezaba Corazón Abandonado. Y yo sabía bien que si la tarea no se hacía por algo de llorar, no pasaba nada.
Pero mamita querida si no se hacía por cosas de reír. Ahí sí, ahí te quiero ver. Se armaba una tan gorda que prometía que nunca, pero nunca más en la vida iba a reírme de nuevo. Me iba corriendo al jardín, a la tumba de la coneja Nube y me ponía a llorar. Al principio tenía que hacer un poco de fuerza porque ya casi no me acordaba de ella pero al final las lágrimas me salían solas. Y después, que alguien traiga a esa nena, que ya está, que no es para tanto. Hasta que me hacían reír otra vez y sanseacabó. Nube era mi verdadera amiga. Mucho mejor que una hermana. Una hermana es un problemón. Ya creo yo que si viene una hermana van a empezar a correr la coneja, decía la mamá de mi papá que es muy sabia y todo lo explica con refranes. Y para mí que alguien la corrió a Nube y que como coneja tan inteligente que era, no se dejó alcanzar. Porque justo cuando vino mi hermana, Nube se fue. A mi me dijeron que Dios la había llamado para que estuviera con él, pero ¿para qué querría Dios a mi coneja pudiendo tener cualquier cosa que se le antojara? Lástima que la beba era menos divertida que Nube. No hacía nada de nada. Al principio dormía como un tronco, aunque todos decían que como un angelito. La verdad es que yo la miraba y la miraba y esa nena no se parecía a nadie de la familia; seguro que había pasado lo mismo que en Corazón Abandonado, que a la protagonista le habían cambiado de mamá en el hospital y por eso le tocó criarse con esa pobre gente, pero en verdad se tendría que haber ido con los Alzaga Unzué. Y eso no sólo pasa en las novelas, porque el mismo día que mi mamá se fue al sanatorio, habían internado a Li, la cajera de supermercado Los Lirios, el de los chinos, pegadito a mi casa. Y esta beba tenía los ojitos achinados, todos en la familia lo decían todo el tiempo. También decían que yo los tenía igual cuando era chica y que las dos éramos idénticas a mi mamá. Pero a mí nadie me saca de la cabeza que esa nena era de Li y que la enfermera, que seguro no le compraba a los chinos porque decía que eran unos sucios que a la noche desenchufan las heladeras, se la había robado para dársela a mi mamá que era bien limpita. Y la nena de mi mamá vaya a saber a quién se la dieron. Pero alguien tenía que hacer justicia y como en mi casa todos estaban como tontos con ese bebé, la única que podía hacer justicia era yo. Entonces un día, a la hora de la siesta (de la siesta de mi mamá, porque los chinos no pueden dormir la siesta porque tienen que trabajar y trabajar y por eso tienen esa cara de sueño los pobres) yo alcé al bebé, y lo llevé al supermercado Los Lirios y, como quién no quiere la cosa, lo dejé en un carrito, para que se lo devolvieran a Li. Pero los chinos, que no entienden nada porque no son de acá (aunque la plata la entienden dice mi papá), no quisieron saber nada con la hija de Li, y se la llevaron de vuelta a mi mamá.
Y ahí están todos, haciendo ruido en la planta baja de mi casa llena de globos y guirnaldas blancas y amarillas, con cara de aquí no ha pasado nada, de gran fiesta por el bautismo de la hija de Li, y regalos por aquí y por allá, y que divinura de beba y qué santa y mirá qué simpática y todo eso.
Al final es como dice mi abuela: no hay peor ciego que el que no quiere ver.