Jorge
Luis Borges regresó a Buenos Aires en el año
1921. Tenía entonces veintidós años
y había permanecido durante siete en Europa. Allí
cursó el bachillerato en Ginebra y se inició
en la creación literaria en contacto con los grupos
vanguardistas del expresionismo en Suiza y del ultraísmo
en España. Todos ellos pedían un arte nuevo
que cantase un mundo nuevo, donde la tradición, herencia
del pasado, debía ser abolida. Formas y temas inéditos
fueron las metas de una novel actitud nacida en los cenáculos
europeos. Y dio como resultado una importante y enriquecedora
renovación artística. Claro que, en todo ello,
estaba para lo americano el peligro de una imitación
servil de esas formas y de los motivos a través de
los cuales ellas se expresaban. Testimonio claro fueron,
en nuestro siglo pasado, el formal “veinticinco abriles
(por primaveras), volver a tenerlos” del tango, tan
porteño por otras razones.
En ese primer tercio del siglo XX se produce en el Río
de la Plata, sin embargo, un fenómeno enriquecedor:
la aparición de una actitud que muestra una mayoría
de edad rara vez entendida por los organismos oficiales
que “administran” la cultura.
Un grupo de artistas pudo participar activamente en la aventura
de las vanguardias. Xul Solar, Rafael Barradas, Curatella
Manes, Emilio Pettoruti, Torres García y Norah Borges,
su hermana, viajaron a Europa y tomaron contacto con los
movimientos nuevos. Al volver al país dueños
de nuevos modos de expresión, no se subordinaron
ciegamente a ser epígonos de esas escuelas. Por el
contrario, usaron de esa renovación personal para
expresar, cada uno con original lenguaje, las propias experiencias
de sus propios ambientes.
En esa línea se inscribe también la actitud
literaria de Jorge Luis Borges. En Sevilla y Madrid había
formado parte del movimiento ultraísta, entusiasta
de la metáfora insólita en lo formal y de
la actualidad cronológica en lo temático:
“el avión, las antenas y la hélice”,
recuerda Borges en un artículo sobre González
Lanuza. Recién llegado a Buenos Aires, introduce
esta actitud vanguardista buscando evitar las imágenes
heredadas del modernismo para reemplazarlas por otras nuevas.
Pero, a diferencia de la temática ultraísta
y hasta futurista del ultraísmo, ante una ciudad
que estaba cambiando rápidamente siguiendo modelos
europeos como consecuencia de la inmigración y en
torno a los años del Centenario, él va a intentar
cantar las casas bajas del suburbio con largas y rectas
calles donde “acontecen gigantescas puestas de sol
que sublevan la hondura de la calle y apenas caben en el
cielo” (“Buenos Aires”, de Inquisiciones,
1925). Los versos de sus tres primeros libros van a exaltar
modestos y hermosos detalles de los barrios, sobre todo
de Palermo, porque allí vivió su niñez,
y Villa Ortúzar, entonces de quintas que se aventuraban
en la llanura, porque allí “padeció
un amor que quizá fue grande” (“Profesión
de fe literaria”, de El tamaño de mi esperanza,
1926). En cuanto a la forma, coincide con los ultraístas
españoles en expresarse a través de metáforas
nuevas, que eviten las heredadas del modernismo de Rubén
Darío, gastada ya su eficacia por tantos imitadores.
Pero mientras ellos se entusiasmaban con las imágenes
“asombrantes”, que piensan en la reacción
del receptor, Borges buscará las “eficaces”,
las que expresen la repercusión de ese paisaje del
suburbio en su propia alma. Lo dijo hermosamente en dos
versos magistrales de “Casi Juicio Final”, de
Luna de enfrente, 1925
“He dicho asombro de vivir donde otros dicen solamente
costumbre”
Y lo volvió a afirmar en prosa un año después
en El tamaño de mi esperanza: “Pienso que las
palabras hay que conquistarlas, viviéndolas, y que
la aparente publicidad que el diccionario les regala es
una falsía. Que nadie se anime a escribir suburbio
sin haber caminoteado largamente por sus veredas altas;
sin haberlo deseado y padecido como a una novia; sin haber
sentido sus tapias, sus campitos, sus lunas a la vuelta
de un almacén, como una generosidad... Yo he conquistado
ya mi pobreza; ya he reconocido, entre miles, las nueve
o diez palabras que se llevan bien con mi corazón;
ya he escrito más de un libro para poder escribir,
acaso, una página [...]: esa página que en
el atardecer, ante la resuelta verdad de fin de jornada,
de ocaso, de brisa oscura y nueva, de muchachas que son
claras frente a la calle, yo me atrevería a leerle
a un amigo”
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