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ICANEWS Junio 2005, Año 2 # 8
BORGES Y EL BUENOS AIRES DEL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX
por Gregorio F. Romero  
Jorge Luis Borges regresó a Buenos Aires en el año 1921. Tenía entonces veintidós años y había permanecido durante siete en Europa. Allí cursó el bachillerato en Ginebra y se inició en la creación literaria en contacto con los grupos vanguardistas del expresionismo en Suiza y del ultraísmo en España. Todos ellos pedían un arte nuevo que cantase un mundo nuevo, donde la tradición, herencia del pasado, debía ser abolida. Formas y temas inéditos fueron las metas de una novel actitud nacida en los cenáculos europeos. Y dio como resultado una importante y enriquecedora renovación artística. Claro que, en todo ello, estaba para lo americano el peligro de una imitación servil de esas formas y de los motivos a través de los cuales ellas se expresaban. Testimonio claro fueron, en nuestro siglo pasado, el formal “veinticinco abriles (por primaveras), volver a tenerlos” del tango, tan porteño por otras razones.

En ese primer tercio del siglo XX se produce en el Río de la Plata, sin embargo, un fenómeno enriquecedor: la aparición de una actitud que muestra una mayoría de edad rara vez entendida por los organismos oficiales que “administran” la cultura.

Un grupo de artistas pudo participar activamente en la aventura de las vanguardias. Xul Solar, Rafael Barradas, Curatella Manes, Emilio Pettoruti, Torres García y Norah Borges, su hermana, viajaron a Europa y tomaron contacto con los movimientos nuevos. Al volver al país dueños de nuevos modos de expresión, no se subordinaron ciegamente a ser epígonos de esas escuelas. Por el contrario, usaron de esa renovación personal para expresar, cada uno con original lenguaje, las propias experiencias de sus propios ambientes.

En esa línea se inscribe también la actitud literaria de Jorge Luis Borges. En Sevilla y Madrid había formado parte del movimiento ultraísta, entusiasta de la metáfora insólita en lo formal y de la actualidad cronológica en lo temático: “el avión, las antenas y la hélice”, recuerda Borges en un artículo sobre González Lanuza. Recién llegado a Buenos Aires, introduce esta actitud vanguardista buscando evitar las imágenes heredadas del modernismo para reemplazarlas por otras nuevas. Pero, a diferencia de la temática ultraísta y hasta futurista del ultraísmo, ante una ciudad que estaba cambiando rápidamente siguiendo modelos europeos como consecuencia de la inmigración y en torno a los años del Centenario, él va a intentar cantar las casas bajas del suburbio con largas y rectas calles donde “acontecen gigantescas puestas de sol que sublevan la hondura de la calle y apenas caben en el cielo” (“Buenos Aires”, de Inquisiciones, 1925). Los versos de sus tres primeros libros van a exaltar modestos y hermosos detalles de los barrios, sobre todo de Palermo, porque allí vivió su niñez, y Villa Ortúzar, entonces de quintas que se aventuraban en la llanura, porque allí “padeció un amor que quizá fue grande” (“Profesión de fe literaria”, de El tamaño de mi esperanza, 1926). En cuanto a la forma, coincide con los ultraístas españoles en expresarse a través de metáforas nuevas, que eviten las heredadas del modernismo de Rubén Darío, gastada ya su eficacia por tantos imitadores. Pero mientras ellos se entusiasmaban con las imágenes “asombrantes”, que piensan en la reacción del receptor, Borges buscará las “eficaces”, las que expresen la repercusión de ese paisaje del suburbio en su propia alma. Lo dijo hermosamente en dos versos magistrales de “Casi Juicio Final”, de Luna de enfrente, 1925

“He dicho asombro de vivir donde otros dicen solamente costumbre”

Y lo volvió a afirmar en prosa un año después en El tamaño de mi esperanza: “Pienso que las palabras hay que conquistarlas, viviéndolas, y que la aparente publicidad que el diccionario les regala es una falsía. Que nadie se anime a escribir suburbio sin haber caminoteado largamente por sus veredas altas; sin haberlo deseado y padecido como a una novia; sin haber sentido sus tapias, sus campitos, sus lunas a la vuelta de un almacén, como una generosidad... Yo he conquistado ya mi pobreza; ya he reconocido, entre miles, las nueve o diez palabras que se llevan bien con mi corazón; ya he escrito más de un libro para poder escribir, acaso, una página [...]: esa página que en el atardecer, ante la resuelta verdad de fin de jornada, de ocaso, de brisa oscura y nueva, de muchachas que son claras frente a la calle, yo me atrevería a leerle a un amigo”
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